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Nicaragua y Rusia firman pacto para defensa ante la justicia internacional

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En un movimiento que ha generado múltiples reacciones a nivel internacional, los gobiernos de Nicaragua y Rusia firmaron un acuerdo de cooperación jurídica con el objetivo de protegerse mutuamente ante procedimientos en tribunales internacionales. La alianza se enmarca en una serie de estrategias bilaterales que han fortalecido sus vínculos diplomáticos, políticos y militares durante los últimos años.

El acuerdo se concretó a través de la firma de un memorando de entendimiento entre las fiscalías generales de los dos países. El propósito central es crear mecanismos de cooperación para abordar demandas y procesos legales que, según ambas partes, podrían estar políticamente motivados o carecer de bases legales sólidas. A través de este convenio, Nicaragua y Rusia pretenden intercambiar información legal, coordinar sus respuestas en procedimientos y brindar ayuda mutua en foros internacionales.

La ratificación del acuerdo ocurrió en un escenario de creciente aislamiento global para ambos países. Nicaragua ha sido acusada de varias infracciones contra los derechos humanos, acoso a los opositores, clausura de medios de comunicación y limitaciones a las libertades esenciales. Rusia, en cambio, confronta varios juicios en entidades como la Corte Penal Internacional, particularmente relacionados con el conflicto en Ucrania y otras acciones militares internacionales.

Representantes de las dos naciones han descrito el convenio como un medio para proteger su soberanía y resistir lo que consideran una «utilización de la justicia internacional» por parte de naciones occidentales. Asimismo, han manifestado que el acuerdo pretende mantener la estabilidad interna frente a influencias exteriores que, según su perspectiva, intentan socavar a gobiernos autónomos y no alineados.

Desde una perspectiva legal, el memorándum no detiene que los procesos en tribunales internacionales prosigan su curso. No obstante, podría complicar la cooperación de los signatarios con organismos que necesiten participación activa para el progreso de casos relacionados con funcionarios, entidades o ciudadanos de ambos países. La acción también podría ser interpretada como un aviso de disuasión hacia aquellos que promuevan nuevas demandas en organizaciones multilaterales.

Expertos globales han mostrado inquietud por el pacto, viéndolo como un indicio del fortalecimiento de una coalición autoritaria que intenta desacreditar los sistemas judiciales internacionales. Simultáneamente, se señala que esta coalición podría impactar en el ámbito diplomático, ocasionando mayores tensiones en las relaciones de Nicaragua y Rusia con entidades regionales e internacionales que respaldan la democracia y el estado de derecho.

El convenio complementa a otras herramientas de colaboración establecidas últimamente entre Managua y Moscú, que incluyen desde apoyo militar y transferencia tecnológica hasta cooperación en los campos educativo, energético y de ciberseguridad. En especial, ha destacado el incremento del apoyo político que Nicaragua ha brindado a Rusia en foros mundiales, donde ha votado en oposición a resoluciones que rechazan la invasión a Ucrania o que impulsan sanciones.

Internamente, las autoridades de Nicaragua han elogiado el convenio como un progreso clave en su política internacional y como parte de un «nuevo orden multipolar» que desafía la supremacía de Occidente. Sin embargo, para los sectores opositores y las organizaciones de derechos humanos, el acuerdo simboliza un esfuerzo por protegerse contra la responsabilidad por presuntas violaciones y abusos perpetrados por el Estado.

Para Rusia, la cooperación con Nicaragua se incorpora a una serie de acuerdos con otras naciones de América Latina, Asia y África que han sido elegidos estratégicamente para respaldar la narrativa del Kremlin sobre la importancia de desafiar el dominio legal y político de Occidente. La suscripción de este nuevo acuerdo jurídico fortalece esa estrategia y sitúa a Nicaragua como uno de los socios más próximos de Moscú en el continente americano.

Por James Whitaker